Cox ha muerto pero no la memoria de sus crímenes

Juan Carlos Claret Pool

A las 02:31 del miércoles 12 de agosto en su casa habitación ubicada en La Florida, Santiago, falleció el exarzobispo Francisco José Cox. Una insuficiencia respiratoria desencadenada por una falla multiorgánica agravado por su cáncer de próstata puso fin a las expectativas de justicia que buscaban sus víctimas.

En efecto, la muerte impune del obispo que fue expulsado de la jerarquía eclesiástica en septiembre de 2018, parece ser una escena predecible dentro de un guion perfectamente montado de una obra llamada “impunidad”. Esto, porque desde que el fiscal ñublensino, Emiliano Arias, fue sacado de la investigación contra la Iglesia, el fiscal Xavier Armendáriz no ha dado luces de estar interesado en que estas causas avancen. Asimismo, mientras la Iglesia dice estar con las víctimas, no ha colaborado con la justicia chilena siquiera para informar cuáles fueron las razones de peso que motivaron a Francisco a defenestrarlo en 2018. Todo hace suponer que fue por las denuncias, pero no hay un reconocimiento oficial de que la Iglesia amparó a un abusador por años. Nos tienen especulando. Y es que su historial delictual no comenzó el 2002, año que la Nación Domingo publicó las primeras denuncias, sino antes.

Lo que sucede, es que “La Vieja” (como era conocido por los adolescentes de los sectores populares de La Serena y Coquimbo a los que Cox pasaba a buscar en las tardes para llevarlos al palacio arzobispal donde abusaba de ellos), fue integrante del Instituto Secular Schöenstatt, institución de elite que actualmente intenta llevar a los altares al primo de Lucía Hiriart y a su fundador, Josef Kentenich, por el cual están en un serio entredicho por las denuncias de abuso desclasificadas en su contra.

Cox, llegó joven a esta institución y desde siempre gozó de protección. Por ejemplo, el cardenal y Schoenstattiano Francisco Javier Errázuriz, desclasificó en un lapsus ante la prensa que ya en 1965, cuando él era su superior religioso, sabían de sus conductas abusivas por lo que “llegamos a ser muy duros para corregirlo, él guardaba silencio y pedía humildemente perdón. Nos decía que se iba a esforzar seriamente por encontrar un estilo distinto de trato, pero lamentablemente no lo lograba”.

Sin embargo, pese a tener conocimiento de estos hechos nada impidió que en 1974 fuera nombrado obispo de Chillán, diócesis en la que estuvo hasta 1981, donde abusó de un menor de 11 años que se suicidó en edad adulta al no soportar el daño que sufrió en su niñez, por lo que la familia denunció los hechos en 2018 al exobispo Pellegrin, quien presionado por la prensa envió el caso a la Congregación para la Doctrina de la fe. Este niño también fue abusado por el exrector de la Catedral de Chillán, Osvaldo Salgado, expulsado de la iglesia por pedofilia. Un caso que contó con el encubrimiento del clero, que recomendó durante años a la familia no denunciar.

Tras esto, Cox fue “promovido” por Juan Pablo II a Roma para asumir como secretario de la repartición vaticana dedicada a la familia.

Regresó a Chile en 1985 para ser la mano derecha del arzobispo Bernardino Piñera, quien con su muerte algunos meses atrás, puso fin a las investigaciones de abuso sexual y encubrimiento a Cox que pesaban en su contra.

En 1987, fue secretario ejecutivo de la visita Papal del ahora santo, Juan Pablo II. Esa visita, tras bambalinas, dejó un semillero de víctimas. Por mencionar algunos, el cardenal Carlos Oviedo Cavada siendo titular de Antofagasta, abusó de un joven durante la visita papal y sobre Cox se especula lo mismo, pues tiempo después de la visita, el controvertido obispo de Talca, Carlos González Cruchaga, entregó en persona una carta al Papa contándole de las denuncias que pesaban en contra de Cox.

Con Errázuriz como superior mundial de los schoenstattianos, la respuesta romana no demoró en llegar: Cox sucedía al tío del Presidente Piñera en La Serena, confirmándose así, que para la jerarquía tiene más importancia preparar una visita papal que la labor pastoral y el cuidado a víctimas. Si no, no se entiende por qué nuevamente en 2020, Roma premió a Fernando Ramos como arzobispo de Puerto Montt luego de ser secretario ejecutivo de la visita de Francisco a Chile. Incluso, las malas lenguas cuentan que en noviembre será presidente de la Conferencia Episcopal.

Allí estuvo doce años, hasta que ante la inminencia de la publicación de La Nación Domingo, Errázuriz trasladó a Cox a Colombia. Asegurándose de su llegada, el cardenal citó a una conferencia de prensa con anterioridad al reportaje, para ponerse el parche antes de la herida, en la que comentó que Cox había sido trasladado por una “afectuosidad un tanto exuberante que se manifestaba a todo tipo de personas, si bien resultaba más sorprendente en relación con los niños”. Eufemismo para no hablar de violaciones. Protegido Cox, la jerarquía católica dejó caer a otros clérigos de menor rango que participaban de los abusos.

Mientras Francisco José asumía labores pastorales en una parroquia de Bogotá, el clero de Chillán, incluido varios ahora expulsados del clero por abusos, se deshizo en parabienes a su exobispo afirmando que “monseñor Cox ha sido acusado, juzgado y condenado sin prueba concreta alguna. Él ha guardado silencio como cordero que es llevado al matadero, aceptando su nuevo destino”. El obispo Jara, también fallecido hace algunos meses mientras era denunciado por encubrimiento, respaldó al clero señalando que es demostración de “un signo de lealtad, de gratitud, para quien fuera su pastor durante algunos años”.

Ante esto, Cox rompió el silencio y les escribió “en estos momentos no hay sino que aceptar en silencio la cruz que el Señor me ha destinado. He recibido muchos honores y alegrías en mi vida… es hora de ofrecer también agravios y deshonras: son también una forma de entregarse al servicio de la Iglesia”. Pero esta forma de entrega le duró poco, pues por razones que hay que dilucidar, los schoenstattianos decidieron fijar su residencia en Vallendar, Alemania, la cuna de la congregación religiosa. Allí, abusó de un joven extranjero que lo denunció en Estados Unidos.

En este panorama, es que hace algunos años Cox fue sorprendido por un equipo de TVN, con lo cual comenzó su regreso al país para, finalmente, no comparecer ante los tribunales alegando demencia.

De esta manera, Cox se suma al listado de los criminales muertos impunemente y, junto a Bernardino Piñera por razones de público conocimiento, es el segundo arzobispo de La Serena que no hará uso de la cripta catedralicia. En Chillán, todo indica que su ahora obispo no tuvo esas razones en consideración ante la muerte de Alberto Jara.

He querido detenerme en este historial criminal, pues la jerarquía de la Iglesia Católica sigue intentando aparentar que los abusos y su encubrimiento o es un problema pasado o inexistente. De hecho, con la pandemia han copado la prensa presentándose como la “primera línea” de la solidaridad.

Ante eso, es importante no perder de vista las vidas que los obispos han arruinado a personas inocentes. Por ejemplo, en el comunicado oficial del 12 de agosto, el Arzobispado de La Serena dirigido por René Rebolledo (quien además está encargado de acompañar a los obispos que han sido renunciados desde 2018) escribió que confía “el alma de don Francisco José a la misericordia de Dios, pidiendo para él que descanse en su paz”, añadiendo al final que “a las personas que con esta noticia pueden revivir el dolor por los hechos del pasado, les acompañamos con nuestra cercanía espiritual y también en la oración”. Para quienes conocen su paso por Osorno y para las víctimas de Cox, el chiste se cuenta solo.

*Para más información y/o para el acceso a las fuentes citadas, prontamente el autor publicará un libro donde da cuenta de todos este y más episodios de abuso clerical.

Recuerda seguirnos en FacebookInstagram y Twitter.

Si quieres apoyar para que La Garza siga volando, comparte nuestro contenido, comenta nuestras publicaciones y no olvides darle me gusta.