Vendedores ambulantes en tiempos de pandemia Chillán Ñuble

Ambulantes del Persa San Rafael en tiempos de pandemia

Por Nicole Contreras | Imágenes: Collage

En el comercio informal en torno a Avenida los Puelches y Diagonal las termas, convergía el desempleo, las bajas pensiones y empleos precarios. Desde marzo sin poder trabajar producto de la crisis sanitaria, sus dificultades económicas han aumentado. Sin acuerdos de reubicación aún por parte del municipio, las restricciones los han llevado a organizar ollas comunes que sienten les quita dignidad o a pasar hambre.

Gloria Muñoz (60) asegura que gracias a su trabajo de comerciante ambulante que ejercía los sábados y domingos podía comer durante la semana. Trabaja desde hace más de 10 años vendiendo ropa usada en las calles aledañas al Persa San Rafael.

Durante ese tiempo, solo dos hechos le han impedido ejercer su actividad: el desalojo por parte de Fuerzas Especiales en junio del año pasado y la pandemia por Covid-19 que desde marzo, por orden de las autoridades, la tiene sin vender para evitar contagios. 

Pese al discurso de “quédate en casa”, Gloria tiene que ir esos días al Persa, ya que participa de las ollas comunes que realizan algunas agrupaciones de vendedores ambulantes del sector en Avenida Alonso de Ercilla con Diagonal Las Termas. 

«Nos llevó a la calle ver tanta necesidad de las personas, de nosotros como agrupación que no teníamos qué comer», comenta Gloria. Son alrededor de mil los vendedores ambulantes del sector -no hay un catastro oficial aún- quienes ya no pueden trabajar. 

«Con la presidenta de nuestra agrupación dijimos: «Ya, pongámonos a pedir plata y alimentos». Pusimos un carro de supermercado y ahí la gente nos empezó a dejar mercadería, a ayudarnos. Empezamos a juntar los tambores, carbón, y así se levantó la olla común», relata. 

Gloria teme al coronavirus pues tiene varias enfermedades de base: diabetes, hipertensión y artritis.  Ir a la olla común todos los fines de semana es su única alternativa, pues asegura que no ha recibido ayudas estatales.

«Me da indignación, me hace sentir más pobre de lo que soy ir a allá a comer. A mis nietos no les puedo traer, porque al final la comida se hace poca. Más o menos son 200 platos se hacen. Mi plato me lo voy a comer allá, mi hijo no va, se queda en la casa», afirma. 

Vive con su marido y su hijo de 21 años. Su esposo trabaja trasladando bolsos en el mercado y es, actualmente, el único ingreso en el hogar. Su hijo fue despedido en marzo sin finiquito del gimnasio donde trabajaba, ya que cerró por la pandemia.

«Mi marido me llamó a las 10.30 de la mañana y todavía no había ganado nada. Le dije que se viniera y no se expusiera más. Él me dijo que no, que qué íbamos a tomar de once», relata.

Tiene un ritual de desinfección antes de que su marido ingrese a la casa. Le aterra hacerlo mal y que el virus entre, aunque ella sabe que sus técnicas de limpieza pueden no ser suficientes. Cuando su marido no gana nada, algunos feriantes le dan verduras con las que pasan el día.

Durante la pandemia Gloria ha acumulado rabia. Ella lo llama impotencia. Dice que su esposo tiene una enfermedad que lo mantiene con visión reducida y una lesión en la pierna. “Hace dos meses le pegaron en la pierna izquierda con un carro y le quedó morada e hinchada. Fue al médico y lo mandó a hacerse una resonancia, y como no tenemos Fonasa, ni nada, sale por $250 mil pesos. Es imposible”, sostiene. 

Tampoco tienen recursos para comprar los medicamentos. “Le dieron una receta, ahí está en su carné (de consultorio), porque no lo podemos comprar. Si compramos recetas no comemos. Y tenemos que pagar los gastos comunes porque ahora mismo ese beneficio que les están dando a la gente de la luz, del agua y todo eso, es un cacho”. 

Gloria asegura que no ha recibido beneficios. “Qué más nos queda a nosotros, a los pobres que tenemos que salir a la calle. Ahí está Dios de testigo, a mí no me ha llegado ninguna caja de mercadería. En esta población yo no he visto a nadie entregando cajas, a mí no me ha llegado ningún beneficio del Covid”, dice.

“Yo he visto personas que han recibido dos cajas de mercadería. Aunque también he visto otra señora que vive con su esposo y recibió una caja y ahora la llamaron para que fuera a buscar otra, y ella tan honesta dijo que se la dieran a otra persona. Yo sería la mujer más feliz del mundo si llega una caja al frente de la puerta de mi casa, que me digan tome, aquí tiene algo para que llene la tripa. Es tanta la impotencia”, dice, mientras llora.

Yo no lo veo tanto por el lado mío, que tengo mucha necesidad, sino por mi agrupación, por la gente de los Puelches que no puede trabajar y eso que tomamos todas las medidas. Por qué Arrau no se pone los pantalones. En San Carlos, en Bulnes, están trabajando sus ferias libres, y en pleno centro de Chillán, Isabel Riquelme con Arturo Prat, hay personas trabajando, vendiendo ropa afuera de la iglesia. Por qué no es para todos igual”, se pregunta.

“Yo todavía sueño”

Sin querer envidiar al resto, le es difícil no sentir que la vida ha sido injusta con ella, porque Gloria tenía muchas expectativas. “Cuando yo era chica todo el mundo te daba trabajo. Yo empecé a trabajar a la edad de 12 años, salí de mi casa en el campo dignamente con la frente bien en alto, porque mis viejos eran campesinos, a mucha honra. Quise ayudarlos porque nosotros éramos 12 hermanos”, recuerda. 

“No podíamos todos estudiar, y yo como la hermana mayor de las mujeres salí a trabajar. Mi mamá hacía quesillos para poder sacarnos adelante y tener una carrera, no tuvimos ninguno una carrera, pero sí había trabajo, dinero, no nos faltaba nada, a nadie se le discriminaba. Hoy sí se discrimina, ¿cuál es la dignidad?, estamos peor”, reflexiona. Ella solo pudo terminar su enseñanza básica hace algunos años en un curso Sence.

Por ese deseo de superación estimuló a su hijo a estudiar. “Mi hijo con mucho esfuerzo terminó su carrera, él trabajó y estudió y nosotros como familia detrás apoyando. Le decía, no importa que estés hasta las dos o tres de la mañana estudiando, pero vas a tener una carrera, donde tú vas a ser mejor que nosotros. Él lloraba de contento”, dice Gloria.

“Ahora me dice «mamá, de qué me sirve este cartón si no puedo trabajar, los gimnasios están todos cerrados y van a estar cerrados no sé hasta cuando». Así que ahora anda buscando cualquier trabajo, y le piden experiencia, qué experiencia si él terminó hace un año preparador físico”, reflexiona. 

“Hay cosas que uno no puede evitar y no le puede echar la culpa al Gobierno. Nosotros que no trabajamos en la feria desde marzo, y lo hallamos tan, pero tan injusto que nos sacan de la noche a la mañana y, sin embargo, el Persa San Rafael sigue funcionando. Al intendente le hemos enviado montones de cartas y no hemos recibido respuesta, ni siquiera por misericordia. No tenemos para echarle a las ollas, y debido a todo esto, tenemos que empezar a hacer ollas comunes en las calles para comer algo, pero vamos a comer sábado y domingo, y en la semana ¿qué hacemos?”, cuestiona.

Gloria recuerda el desalojo de junio pasado, en el que el municipio de Chillán se comprometió a trabajar en una mesa técnica, que ya había iniciado, para encontrar una solución de reubicación.

“Se le agradece al alcalde, en ese entonces, antes del bichito este, de que igual nunca nos sacó de la calle. Una vez nos sacó, pero no fue culpa de él. Hasta antes que surgiera esto del Covid-19 nos apoyaba, nos decía «trabajen tranquilas chiquillas en la feria». Yo estoy muy agradecida de él en lo personal”, comenta. 

Menciona los acuerdos que se barajaron desde antes del desalojo del año pasado y que no se concretaron. “Nunca -el alcalde- nos entregó la calle que nos prometió sábado y domingo, que era Alonso de Ercilla con Diagonal Las Termas hasta Los Huilliches. Iba a desviar el tránsito, y a las cuatro de la tarde teníamos que estar todas salidas, iba a llegar el camión a sanitizar eso, íbamos a tener carabineros, inspectores, tendríamos baños, agua. Ahí quedó, se estancó”, dice.

Ella sabe que de haberse concretado su situación sería distinta. “Hubiéramos estado trabajando, es verdad, si el alcalde en ese entonces nos hubiera dado el permiso, hubiésemos estado protegidos, con toldo, tal como nos prometió que nos iba a entregar tres metros por persona. Nos ofrecieron de tesorería municipal que podíamos postular a toldos, yo hice la postulación a toldos, y quedó todo estancado porque alguien puso una piedra de tropiezo. Eso es lo que a mí en lo personal me duele”

“Estoy todos los días con miedo, estresada, le contesto mal a mi hijo a veces, él me hace una pregunta, y yo pa´, le disparo, y si no viceversa. La violencia verbal está ocurriendo no tan solo en mi hogar, sino que en muchos”, analiza.

Gloria no quiere contagiarse de Covid pues quiere vivir. «Yo tengo 60 años, y quiero ver a mis nietos crecer, quiero verlos grandes, hacer el servicio militar, profesionales. Quiero verlos correr, jugar a la pelota, reír siempre y que no pasen pena, que sean felices y yo ser feliz con ellos. Sí, todavía sueño», asegura.

La reubicación fallida
Rubén Sandoval es el presidente de la Agrupación de trabajadores independientes de Diagonal las Termas, que reúne a 120 familias. Él junto a su esposa vendían sopaipillas y desayunos. Rubén y su agrupación decidieron no participar de las ollas comunes debido a que la mayoría de sus integrantes son adultos mayores. 

“Está complicadísimo para todos. Algunos reciben una pensión y están tratando de sobrevivir con eso, porque el bono Covid no se lo dan a los pensionados. Yo me estoy tratando de conseguir cosas, repartiéndole a la gente que está más complicada, por ejemplo, estas semanas me conseguí dos sacos de papas y como treinta zapallos y se los repartí a 14 personas”, relata. 

Rubén recuerda las propuestas de reubicación y las conversaciones con el municipio que vienen desde hace años. “Yo presenté muchos proyectos a la municipalidad y nunca me escucharon, y a lo mejor si me hubiesen escuchado un poco hubiéramos estado trabajando y no pasando por lo que estamos pasando ahora. Así como el Persa lo está haciendo nosotros también podríamos estar trabajando con los resguardos correspondientes”, analiza. 

Sobre el trabajo de la mesa técnica liderada por el alcalde Sergio Zarzar, desde el municipio de Chillán, consultado por La Garza Revista, enumeró sus avances hasta ahora. “Se realizaron dos reuniones de la mesa de trabajo comenzando en enero del 2020, lamentablemente el verano y los feriados legales dilataron el tema y posterior a ello vino la pandemia en marzo”. 

Y especifica: “En la primera reunión los ambulantes informaron tener un propuesta de trabajo que presentarían a la mesa en la segunda reunión, además del catastro en el que la Municipalidad trabajaría para tener claridad de la cantidad de ambulantes que existían, corroborando si estos eran de la comuna. Por parte de la Municipalidad esto se realizó, pero la persona que asumió el compromiso de los ambulantes no se presentó a la segunda reunión”, aseguran. 

“Se siguió trabajando en buscar una solución, analizando alternativas, por lo que se visitó un terreno para ver la posibilidad de arriendo y reubicar a todos los ambulantes, barajando también el tema de cerrar Diagonal Las Termas, sin embargo, dicha alternativa involucra otras entidades como Carabineros (entre otras), institución que ha estado abocada a la contingencia de seguridad y orden los últimos meses”, justifica. 

En relación a las estrategias que tienen en agenda para solucionar las dificultades en que se encuentran los comerciantes ambulantes del Persa en tiempos de pandemia, el municipio sostiene: “En este momento es difícil hablar de soluciones, pero el municipio está expectante, orientado a la batalla contra la Pandemia por el momento, pero atento a encontrar una solución de un tema que necesariamente necesita el concurso de todos los actores para llegar a buen puerto”. 

Rubén reflexiona: “Hacer ollas comunes sería más indigno. Estamos estigmatizados. La gente no nos apoyó porque supuestamente no queríamos entrar al Persa, yo creo que no es necesario llegar a las ollas comunes todavía”.  

Sobre ayudas, Rubén asegura que “no hemos recibido nada, solamente esta semana se acercó el diputado Jorge Sabag (DC) que nos trajo algunas cositas, papas y zapallo, que las repartí en la agrupación”. 

En lo personal, relata que “para nosotros como familia ha sido peor, creo que hoy ya rebalsó y estamos complicados, yo no tenía trabajo ni mi señora tampoco, solo lo que ganábamos en la feria. El Gobierno me dio el bono de 50 mil pesos hace como más de un mes atrás, pero la verdad es que se utilizaron todos, no duran tanto, yo tengo que pagar los estudios de mi hija, tengo beca, porque ella estudia en un colegio particular subvencionado y pago 30 mil pesos mensuales. Pagué un mes para que no me tiren un pagaré”. 

“Yo no me puedo unir a las ollas comunes porque no voy a arriesgar a mi gente a que se enferme por estar haciendo una protesta, lamentablemente yo tengo claro que no podemos trabajar, es una pandemia mundial, no me voy a quedar con la conciencia que por ir se me puede morir una persona mayor”, sentencia.

Trabajar como vendedor ambulante en la vejez
«Me vinieron a dejar dos kilos de papitas y zapallo. Estoy tan contenta. Las voy a preparar con unos fideitos y haré una sopita», dice Miguelina, quien a sus 86 años trabajaba aún en la Avenida Diagonal las termas vendiendo empanadas y almuerzos en un carrito con el que recorría el Persa.

Lo hacía porque con su pensión de 250 mil tenía que pagar un arriendo de 150 mil, y entre cuentas básicas y deudas no le alcanzaba para comer. Con el trabajo del persa Miguelina podía darse algunos «gustos» como ella los llama: tener cable.

Ya no puede pagarlo, tampoco le alcanza para comprar comida, depende de las ayudas de los amigos que hizo en el Persa, especialmente de Rubén y su esposa. Miguelina es viuda, y dice que sus hijos están en Santiago, cesantes, producto de la crisis social que provocó la pandemia. 

Ella regresó a Ñuble hace dos años, emigró con menos de veinte desde San Fabián a Santiago en búsqueda de oportunidades laborales. Regresó luego de que su esposo enfermara de cáncer y el dinero no le alcanzara para su tratamiento. Unos amigos le recomendaron que en Chillán podría vender la comida que preparaba. Vive a dos cuadras del Persa, por lo que asistía todos los fines de semana. 

Sus esposo falleció a un año de su llegada, pese a las deudas que adquirió para evitarlo. “Era muchos los gastos que yo tenía, yo gastaba 380 mil pesos mensuales en puros remedios, porque para la enfermedad que tenía él, acá no estaban esos remedios que me daban en Santiago. Cuando me dieron las recetas él estaba muy mal. Teníamos ahorros, pero se acabaron, mi esposo murió, y mi hijo también se me murió”, recuerda. 

En los días de su encierro, que ya superan los tres meses, Miguelina suele recordar los momentos tristes de su vida: la pérdida de su marido y de uno de sus hijos en un accidente automovilístico laboral de la empresa Aguas Andinas.

“Ha sido una pérdida tremenda porque mi viejo era tan cariñoso, nunca dejó que me faltara nada, él iba a trabajar, y yo salía a abrirle la puerta, y él brazos abiertos, me decía «mi amor, la he echado tanto de menos», siempre llegaba con flores para mí, él era muy especial”, dice. 

Su pasatiempo son las flores. “En mi jardín en la mañana me entretengo. Cuando yo iba al cementerio le ponía claveles a mi viejito y a mi hijo, me traía los tallos y los seguí poniendo ahí en la tierra, y produjeron, y todas las patillitas las voy sacando y haciendo plantas, entonces este año florecieron y pude llevarles”, relata.

Miguelina tiene artritis, pero dice que no tiene problemas de salud. “He estado bien, me caí en el patio porque planto florcitas. Estaba parada cuando de repente no sé qué me pasó, me caí, me pelé las piernas, me golpeé el hombro, después me paré, me caí de espaldas, tengo las piernas negras, y eso fue hace como un mes, todavía me duele el cuello”, sostiene.  

La soledad es su mayor problema: “Ha sido terrible estar sola entre cuatro paredes, sin conversar con nadie, ya la tele no la veo hace mucho tiempo porque todos los días lo mismo, eso a mí me mata. Así que una amiga me trajo un radio chico. Siempre escucho radio Ñuble, pero cuando empiezan las noticias de todo esto lo cambio o lo apago. Cuando hace frío estoy todo el día acostada, me levanto cuando tengo hambre a hacerme un tecito, una sopita, y me voy a la cama otra vez”. Hace unos días le robaron un galón de gas y que ella misma cerró con unas tablas. 

Sobre el coronavirus afirma que “es una epidemia, esto estaba escrito en la biblia. Mi abuelito, que falleció de 130 años, nos contaba que hubo una lepra que a la gente se le caía la piel, nos decía que fue muy avanzada esa enfermedad. 

“Las autoridades hallo yo que lo están haciendo muy bien, es que la gente no entiende, que es una cosa grave esto, porque viven saliendo para todos lados sin mascarilla, se pasean, se van a la plaza, ahora mismo al frente de mi casa hay un grupo tomando en la canchita, es de todos los días, la gente no se cuida”, evalúa. 

Al preguntarle si su sueldo le alcanza para comer responde que “no me alcanza porque tengo que pagar arriendo”.

-¿Cómo lo hace?

-De a poquito no más, lo que hay se come, y si no hay de alguna manera un té con una galleta o cualquier cosa paso el día. 

-¿Ha pasado hambre en estos días?

-Sí, estuve tres semanas comiendo pura papita cocida con té, porque no tenía los recursos para comprar. 

“Ha sido duro para mí, yo me pregunto por qué dos de mis seres más queridos se fueron de mi lado y me dejaron sola, es una pena que tengo, a veces me acuesto temprano y me levanto tarde, nada que hacer, paciencia, hasta cuando mi Dios diga”, reflexiona.  

Sobre el miedo a enfermar y morir piensa que “me da pena ver que mueren personas, no puedo dormir pensando qué va a pasar, ¿iremos a morir todos?”, se pregunta. 

Pero sobre el miedo a su propia muerte considera: “Yo digo que Diosito verá, si llega a mí no hay nada que hacer, si Diosito pone la mano hay que estar a lo que Dios diga”.

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Durante los tres meses en que no ha podido trabajar vendiendo sus herramientas en Avenida Diagonal Las Termas, Juan Rubilar (69) a veces las extiende el antejardín de su casa. Nadie le compra, él sabe que eso es lo más probable. Extraña sus herramientas de segunda mano que recolectaba o compraba y revendía. Antes instalaba un pequeño furgón desde donde atendía a sus clientes. 

En relación a su situación actual confiesa: “No puedo trabajar y estoy bastante afectado. La pensión que tengo es demasiado baja, una pensión de AFP de 138 mil pesos”. La mitad de ese monto lo gasta en arriendo. 

Juan padece una enfermedad neurológica llamada temblor esencial. Cuando trabajaba siempre arreglaba las herramientas en su casa, para que sus manos no temblaran. “Tengo que comprar medicamentos, ahora me los he podido conseguir, alguien me convidó algunas cajas, con eso tengo para salir un poco del paso y alivianar la carga”, dice. 

Juan vive solo, pues es viudo. Extraña a su esposa a quien llama “su compañera de vida”. “Tengo que estar en la casa encerrado todos los días cumpliendo con todas estas órdenes sanitarias que hay, que son en beneficio de nosotros mismos, pero nos afecta mucho la parte económica, porque generábamos algún ingreso, aunque fuese poquito, hay días que no tenemos qué hacer de comer”, relata. 

“Ahora he tenido que recibir aportes de alguna personas que me ayudan. Hace poco rato recibí algo de comida, papitas. Cuando alguien a ellos les da, nos convidan, esto es una cadena que nos afecta mucho a nosotros como trabajadores feriantes. ¿Qué pasó con la ayuda municipal de las cajas? Yo he llamado, pero en esos teléfonos no contesta nadie”, reclama.  

Juan pide: “Sería muy conveniente que asignaran un lugar para trabajar tranquilos a las personas como yo que lo necesitamos”. 

Sobre su temor a contagiarse cuando debe ir al consultorio o a comprar algo al almacén, confiesa: “Sí, por supuesto que temo contagiarme como todo ser humano, pero ya con la edad que tengo no tanto. Yo soy solo, entonces no me afecta tanto como a otras personas”. Dice que su esposa lo ha visitado en sueños durante los últimos días. “A lo mejor me quiere llevar”.