La Iglesia en tiempos del cólera

Juan Carlos Claret Pool

Las ideas que son desarrolladas a lo largo de la historia se denominan instituciones. La razón de ser de ellas, es que sin su existencia (a lo menos conceptual), la idea en la que reposa la institución se hace improbable de alcanzar. Por ejemplo, sin la prescripción se hace improbable que haya seguridad jurídica; sin un Estado que canalice las pulsiones básicas, se hace improbable la igualdad pues prevalecería la voluntad del más fuerte.

Por ejemplo, desde hace años que el Estado ha sido víctima de saqueos pitucos, lo que lo ha hecho retroceder o ausentarse de varias zonas de nuestras ciudades, dando pie a que narcotraficantes se apoderen de las poblaciones. Asimismo, en estos meses de estallido social, la fuerza física o aquella que provee actuar en masa, ha hecho que el Estado también disminuya, sobre todo, en las denominadas zonas ceros, dando paso a que el más vivo se apodere de ellas. Es lo que me pasó hace unos días cuando, por la falta de semáforos, un mendigo comenzó a dirigir el tránsito, pero si un peatón quería pasar, debía pagarle. O sea, sin una institución que medie entre el impulso y la coerción, la igualdad se hace improbable.

rayado cruz catedral chillan
«Osvaldo violador» se puede leer en la cruz al costado de la catedral de Chillán, en referencia a Osvaldo Salgado, ex rector de la Catedral, expulsado de la Iglesia en septiembre tras un juicio penal administrativo eclesiástico que determinó tres testimonios como verosímiles.

Y si hay otra institución que ha ido retrocediendo hace décadas pero que en estos días de estallido social, prácticamente desapareció de escena, es la Iglesia Católica. El silencio de los pastores, la irrelevancia de sus dichos cuando hablaron y el susto manifestado por el mismísimo Papa al «no entender bien» lo que pasa, da cuenta de que algo sucede en esa institución.

Por un lado, concurren factores claros: la deslegitimidad que se buscaron al promover abusos y encubrirlos; el doble estándar discursivo consistente en afirmar públicamente que todo ha cambiado, pero en privado se sigue con las mismas malas prácticas; la incapacidad de los clérigos para dialogar con el mundo actual, etc. De ahí que lo que menos quiere la gente, es escucharlos intentando representar el sentir de todos.

Por eso, en la Región de Ñuble, los rayados y afiches se han apoderado de la Catedral y el Obispado de Chillán. Los nombres de Juan Alberto Arroyo, Osvaldo Salgado, Jorge Baeza, Jorge Navarrete, Héctor Bravo -en investigación-, Ricardo Montenegro, Renato Toro, son centro del malestar. Por ejemplo, en el caso de Osvaldo Salgado, su nombre apareció rayado en letras rojas en la cruz de la Catedral. Pero eso difícilmente le vaya a afectar pues eso no se ve en su domicilio frente al Colegio Seminario Padre Hurtado, establecimiento educacional donde estudiaban sus víctimas y del que fue capellán. Y casos como ese, hay más.

Asimismo, a lo largo de Chile se convocan misas para consagrar a Chile y orar por la paz, pero la justicia sigue demorando en estos casos y no se asoman misas de desagravio a las víctimas, más bien, gente con conocido abolengo les agrede.

Entonces, por un lado, que la Iglesia pese menos que un paquete de palomitas, fue buscado por sus propios obispos. Pero por otro, la Iglesia es víctima de un déficit mucho más hondo y que es de importancia esclarecer: si toda institución descansa en una idea, la Iglesia Católica en tanto institución realmente existente, ¿en qué idea descansa?

Hay quienes sostienen que la institución descansa en la idea de la Salvación, es decir, ir al cielo y evitarse el infierno. De este modo, el feligrés debe seguir los preceptos fijados por sus pastores ya que, de no seguirlos, no alcanzará la salvación. De ahí se entiende el deber de obediencia dentro de la Iglesia.

Pero, desde 1990 a la actualidad, la feligresía católica no sigue a sus obispos ni en lo público ni en lo privado. ¿Será que la sociedad descubrió nuevos caminos para alcanzar aquel ideal que la Iglesia prometía?

En este proceso de desafección a la institución, soy de aquellos que se declaran optimistas, pues en que la voz de los obispos sea irrelevante y que no hayan sido convocados como «mediadores» del conflicto -como hasta hace muy poco solía ocurrir-, lo interpreto como una señal de que estamos alcanzando niveles de autonomía en que ya no necesitamos de una figura paternalista que nos diga qué hacer y decir ante nuestros problemas.

De ahí que surja la pregunta: ¿Qué es aquello que la Iglesia tiene para ofrecer a personas autónomas e informadas? Sin duda, seguir ofreciendo obediencia a la voz de los obispos, es una ridiculez.

Lo que no tengo muy claro, es si algún alto jerarca católico logra entender este fenómeno que ocurre delante de sus narices, o si lo entienden, por qué hacen tanto esfuerzo en ocultarlo, porque si la misma institución no logra escrutar cuál es la idea que la justifica, estaremos en presencia de una institución que, al no estar orientada a nada, no hay nada que su existencia haga probable. De este modo, como nunca antes en su historia, la Iglesia ya no será sólo irrelevante, sino innecesaria tanto para los creyentes como para la sociedad.

Ojalá los católicos descubran aquella idea pronto, porque en tiempos de convenciones constituyentes, el mayor riesgo que corre la Iglesia no es que los no creyentes le pasen máquina, sino que sus fieles en instancias de poder, terminen defendiendo cualquier idea, menos las propias, por ejemplo, la desigualdad, el individualismo y un largo etcétera que se puede leer en los rayados de las calles de nuestras ciudades.