La crisis social chilena vivida en la sala de clases de un liceo público de provincia

Marcela Henríquez Aravena

“No estábamos bien, habíamos normalizado la injusticia”

Cuando llegaron las primeras noticias desde Santiago que informaban sobre protestas en las estaciones de metro suscitadas por el descontento hacia el aumento de la tarifa, nuestra primera reacción fue de meros espectadores de los problemas propios de la capital, incluso hubo quienes veían en esta noticia una demostración más de centralismo, ya que al resto de Chile poco le podía interesar un tema tan capitalino como el metro. Sin embargo, bastaron unas pocas horas para entender que no se trataba sólo de esta alza, sino que ella nos hizo despertar de esta especie de letargo que durante años nos mantuvo sumidos en un naturalizado conformismo.

En las salas de clases de Quirihue algo comenzó a cambiar, porque también nuestros alumnos comenzaron a despertar; en forma espontánea salieron a las calles a manifestar su descontento y a sumarse a las demandas que poco a poco comenzaban a emanar de un movimiento social que ganaba fuerza y, sobre todo, profundidad. En un primer momento, algunos de ellos fueron víctimas de estereotipos e incluso se dijo que “era ridículo que los estudiantes marcharan cuando en Quirihue no hay metro”, sin embargo, este hecho no los detuvo y de pronto todos los esfuerzos que durante años como docentes habíamos realizado comenzaban a rendir frutos. Nuestra insistencia casi extremista por inculcar en nuestros estudiantes conciencia y compromiso social de pronto se transformaba ya no en un propósito pedagógico, sino en una demanda de parte de los propios estudiantes que querían y necesitaban entender qué pasaba con Chile.

Comenzó de esta forma a gestarse un nuevo escenario, en el que por fin nuestros alumnos y alumnas en su conjunto querían tener algo que decir, querían comprender por qué siempre los adultos nos quejábamos de las AFP, cuál era el descontento frente a la actual Constitución o en qué consistía el CAE. Sus demandas de conocimientos e interpretación de los hechos históricos que ahora vivían, se tomaron las aulas para generar una nueva forma de entender nuestro afán por lograr en ellos un desarrollo integral y el hecho de participar de los cambios profundos que desde hace unas semanas comenzó a experimentar nuestra sociedad se transformó en una urgencia que ya no sólo era un tema de los dirigentes estudiantiles o los futuros estudiantes del área de humanidades.

En los días siguientes al estallido de descontento, las clases se abrieron al diálogo y a la necesidad y deseo de los jóvenes por ser partícipes activos de una nueva era, en la que todo lo que alguna vez fue teoría ahora se transformaba en acción y en una realidad que nos duele, pero que al mismo tiempo nos llena de esperanzas hacia un futuro diferente, donde el conformismo no tenga cabida, donde nunca más seamos mudos y donde entendamos que el bienestar y el progreso no puede ser sólo un privilegio de algunos. Como nunca antes los docentes nos vimos enfrentados a responder preguntas para las que tal vez no teníamos una respuesta porque los temas que surgían en el diálogo cotidiano y sincero del aula también nos llevó a nosotros mismos a cuestionar nuestro actuar indiferente frente a tanta injusticia.

La típica frase del profesor del sistema público “estudia, para que seas alguien en la vida” de pronto tomó un nuevo impulso y a ella se sumó a un nuevo lema “estudia, para que estés atento a las injusticias”. No sabemos en qué terminará todo esto o cuáles serán las lecciones para la construcción de una patria más justa, pero por lo pronto, podemos decir con certeza que en medio del dolor por las consecuencias de la crisis, nuestros estudiantes saldrán fortalecidos porque ya comprenden que actos tan fundamentales como, por ejemplo, el acto cívico de ir a votar, es un imperativo que ya no quedará sujeto a su libre albedrío, sino que será visto como una necesidad tan básica como la de respirar para estar vivos.